sábado, septiembre 27, 2008

Agua y violencia




Los ecosistemas proveen de servicios y bienes que inciden directamente en nuestro bienestar. Sin embargo, estos bienes y servicios apenas empiezan a ser cuantificados y contabilizados. Desgraciadamente la tasa de destrucción de los ecosistemas está llegando a niveles nunca vistos en la historia del mundo en gran parte por los cambios introducidos por las actividades humanas.
Nuestra Comarca es un sitio donde el agua es un bien escaso y por lo tanto valioso. No sólo por ella misma sino también por la trama de la vida que ella soporta. Sin embargo el agua no tiene ningún costo a la hora de usarla para actividades agropecuarias y tiene un costo muy inferior a su valor en las actividades industriales y domésticas. Esto ha llevado al agotamiento de buena parte de nuestros ecosistemas de agua dulce y al abatimiento y envenenamiento de nuestros mantos acuíferos.
Este aprovechamiento irracional y criminal del agua constituye una violencia inaudita sobre las comunidades, humanas y no-humanas, que dependen también de este recurso. Especies enteras de peces se han extinguido del Nazas y del Aguanaval por culpa de este aprovechamiento desaforado de sus aguas y de las aguas de los acuíferos circundantes. Estas extinciones representan una tragedia sin orilla pues se trata de especies que eran el último eslabón de linajes que sobrevivieron a cataclismos como el que extinguió a los dinosaurios y a los catastróficos cambios climáticos que el mundo ha sufrido en los últimos millones de años. Que una especie forjada por los procesos planetarios que permiten la existencia de la vida en nuestro planeta desaparezca en unas cuantos años por la avaricia de una clase social empeñada en enriquecerse desaforadamente es un acto de violencia sin paralelo.
La presión sobre nuestros ecosistemas es cada vez más evidente por la pérdida de parajes, comunidades y procesos ecológicos. Cada vez más los laguneros nos estamos viendo obligados a pagar por los bienes y servicios que vamos perdiendo con esta erosión ecosistémica. El pago es a menudo monetario y directo, pero en ocasiones pagamos con nuestra salud. La sobre-explotación de nuestros acuíferos ha traído como consecuencia que se desplome la calidad del agua que bebemos. La aparición de niveles altos y crecientes de arsénico en el agua de La Laguna nos somete a un riesgo mayúsculo de contraer enfermedades crónicas e incurables como el cáncer. El sufrimiento y las erogaciones que estas enfermedades nos están trayendo es otro pago que hacemos por la pérdida de los bienes y servicios que la naturaleza ya no es capaz de darnos de manera gratuita por culpa de la avaricia.
Cuando una comunidad se dedica a la búsqueda de la riqueza y esa búsqueda se basa en un recurso no renovable, el destino final de esa comunidad es claro: se agota la veta de la mina y se termina la vida de la comunidad. Sus habitantes se dispersan, convirtiéndose en refugiados económicos que en nada se distinguen de los refugiados que abandonan sus hogares por causa de un conflicto armado. Los laguneros estamos convirtiendo a un recurso renovable en no-renovable. Somos mineros del agua. Este aprovechamiento insustentable de un recurso clave para la vida nos está costando biodiversidad, dinero y enfermedades. La avaricia desaforada de unos cuantos nos está dando pobreza y enfermedad a la mayoría. De no corregir el rumbo, en menos de una generación, empezaremos a vernos viviendo, si vivimos, en otras partes, como refugiados ambientales, forzados violentamente a separarnos de nuestra tierra, víctimas de un conflicto violento y sordo -la explotación irracional del agua- que no se ha podido, que no se ha sabido y que no se ha querido solucionar.

El Río




Hasta mediados de agosto el año había sido seco, pero las lluvias de las últimas semanas han sido extraordinarias. Tanto que, en todo el país, llovió el mes pasado casi cuarenta por ciento más que el promedio de todos los agostos de 1941 a 2007. Tan extraordinarias han sido las lluvias estas semanas que el Nazas, apenas por tercera ocasión desde que se construyó la presa del Palmito, conduce agua por entre nuestras ciudades. La súbita abundancia de agua no pudo ser contenida por la infraestructura hidráulica construida en el último siglo, demostrando que la naturaleza escapará siempre a cualquier intento arrogante por controlarla.
Unos meses como éstos, hace cien años, hubieran tenido otras consecuencias. Entonces el cauce del Nazas tenía menos modificaciones, barreras y camisas de fuerza. Seguramente en aquellos entonces se hubiera formado una gran laguna entre el Refugio y Villa Juárez, porque el Nazas era un río conectado aún con sus planicies de inundación. Estas grandes y someras lagunas hubieran sido aprovechadas por diversas especies de peces para desovar y que sus crías aprovecharan la ausencia de depredadores y la súbita abundancia de mosquitos y otros insectos. En las vegas cercanas a Torreón, como en las cercanas a San Pedro, este fenómeno se repetiría. Estas grandes y efímeras extensiones de agua, con la Laguna de Mayrán, hubieran atraído a grupos enormes de gansos, playeros, patos y grullas. La inundación hubiera sido el pulso de un río vivo. Humedales de verdes pastos, abundantes peces y bordes de álamos, fresnos, ahuehuetes y sauces.
Hoy, el paso del agua por nuestras ciudades nos da un espectáculo agridulce. La corriente, fuerte e imponente, no toca a un ecosistema sano y vibrante sino a uno disminuido y deteriorado. Su agua corre entre el basural y ahoga a los mezquites, a los mimbres y a las lágrimas de San Pedro que sobreviven a sus orillas. Por todo esto, creo, es que hoy estamos viendo al Nazas con una mezcla de júbilo, disgusto y temor. Alegría por la vuelta al consciente colectivo del ente al que debemos nuestra existencia en este rincón del Desierto Chihuahuense. Júbilo por los mantos que reciben ahora mismo un adelanto de la deuda enorme que tenemos con ellos. Disgusto por las cantidades enormes de basura que arrastra: sillones, llantas y todo el detrito asociado a los enseres desechables de los que descerebada y diariamente abusamos. Pero también al Nazas lo vemos con temor. Miedo por los desperfectos cotidianos que su paso nos causa. El tráfico que se complica. El agua chocolatosa que sale de las llaves de los hogares de muchos laguneros. Miedo a que su caudal crezca si continúan las excepcionales entradas al Palmito.
Le propongo que asimilemos estos sentimientos. Que nos alegremos y celebremos la vuelta del agua que transforma a nuestro paisaje cotidiano y recarga a nuestros mantos. Pero también que trastoquemos el disgusto y el miedo en una resolución para el futuro. Que hagamos un pacto con nuestros ríos. Que prometamos dejar de abusar de ellos. Que consideremos todos los bienes y servicios que nos dan. Que juremos que ya no viviremos de espaldas a ellos y que no permitiremos que vuelvan a ser cauces muertos ni basureros. Sólo así podremos sacar un verdadero provecho de la avenida del Nazas. Sólo así seremos dignos de seguir llamándonos habitantes de esta tierra.

lunes, septiembre 15, 2008

Primera marcha




El pasado 24 de junio, día de San Juan, más de mil laguneros marchamos de Torreón a Gómez Palacio y de regreso para mostrar por vez primera nuestra decisión por hacernos cargo de nuestro futuro.
Marchamos porque las laguneras y los laguneros tenemos un grave problema de agua. Por cada litro de agua que se filtra al acuífero, se extraen más de dos. Cambie el agua por pesos e imagine el acuífero por una alcancía de marranito y verá que las cuentas no salen. Si el marranito estaba pleno de monedas, llegará el día en que quede vacío. La ruina hacia la que nos dirigimos es cierta y total. Sin agua, nuestra comunidad de desierto que tanto nos enorgullece, perecerá. Toda. Sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni industria, ni comercio, ni servicios. Sin agua no hay vida y nos la estamos acabando.
¿O será que ya nos la hemos acabado? Si atendemos a la pobre calidad del agua que bebemos, la respuesta es deprimentemente positiva: Casi ya no nos queda agua para consumo humano. Decía el Dr. Marcos Adrián Ortega de la UNAM, uno de los geólogos que más han estudiado el origen del arsénico en el acuífero lagunero: “En 1990 ustedes tenían una burbuja de agua potable rodeada de un mar de arsénico. Hoy, la burbuja está reducida a unos pequeños lunares que están desapareciendo con celeridad”.
¿Porqué hemos llegado a esta situación de alarma donde el promedio del contenido de arsénico en los pozos de Torreón es de 20 microgramos por litro, el doble de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud? ¿Cómo es que habitantes de colonias como Senderos, están recibiendo agua con más de nueve veces lo recomendado por la OMS? Todo apunta a que es la sobre-explotación del acuífero la que está provocando la creciente presencia del veneno. Concurren en esta apreciación la CNA, la UNAM, el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua y universidades internacionales como la Universidad Leibniz de Hannover, Alemania.
¿Quien está sobreexplotando el acuífero de esta manera, provocando una crisis de salud pública sin par en nuestro país? La agricultura. De cada diez litros que se extraen del acuífero, nueve se usan en esta actividad. De cada diez litros que la agricultura extrae, casi cuatro se extraen de manera ilegal.
A pesar de la gravedad de la situación es enorme, la autoridad ha sido complaciente con los intereses de la agroindustria. Por ello es que marchamos. Porque los ciudadanos activos tenemos que alzar nuestra voz y poner un alto a conductas que nos están enfermando y que están cancelando el futuro de nuestras comunidades.
Paradójicamente, los responsables forman parte también de los afectados. En un diáfano caso de autogol ambiental, la leche lagunera está afectada por el arsénico. En un estudio publicado en 1997 pero con muestras de 1992, Irma Rosas, investigadora de la UNAM y sus colaboradores, encontraron que diez porciento de las muestras de leche analizadas tenían niveles de arsénico inaceptables. Hoy, dieciséis años después la situación podría ser peor. Puede usted mismo buscarlo en la red de redes.
http://tinyurl.com/6xf5r7

Transectos




Un transecto es un camino a lo largo del cual se registra y cuenta la ocurrencia de un fenómeno. Este método, muy usado por los biólogos de campo, requiere que el observador se mueva por un camino fijo -por ejemplo, una línea recta- contando las ocurrencias de aquello que estudia. Una vez que el investigador termina su recorrido, procesa sus datos y proyecta la densidad de la presencia de un animal, de una planta o de un proceso.
No soy biólogo. Por ello no me siento muy cómodo hablando de sus métodos y de sus herramientas. Sin embargo, no pude sino pensar en el método del transecto durante mi vuelo de la Ciudad de México a Torreón hace un par de días. El avión se desplazaba en línea recta y, absorto, viajaba viendo las nubes primero y, cuando aclareó el cielo, los detalles del terreno. Así, pude ver una enorme mina a cielo abierto que parecía la misma entrada del averno. Al principio pensé que aquello era un volcán, o la enorme huella de un meteorito. Pero el agujero era enorme y su pared se veía acanalada, como surcada por caminos. Con un poco de atención, pude ver al norte del agujero una gran meseta artificial: el amontonamiento del material extraido de aquellos cerros ya desaparecidos. Un conjunto de grandes estructuras me confirmaron que aquello era una enorme mina. También había abajo otras cosas que no podía ver, pero que seguro existían. Me refiero a la enorme contaminación que la minería genera. Si la mina fuera de oro, seguro aquella montaña artificial estaría impregnada con el potente veneno del cianuro.
Luego, al sur y al oriente de San Juan de Guadalupe pude ver una montaña extraña que proyectaba una sombra larguísima y puntiaguda. Un largo puñal negro sobre la tierra de Zacatecas. Vino luego la ignominiosa presa del Tigre, obra de ambiciosos empresarios y políticos venales. Después vi, a lo lejos, los menguados Tanques Aguilereño y Genty, afectados seguramente por la presa mencionada. Sobrevolamos el Cañón de la Cabeza y pude ver luego el enorme desmonte, de cientos de hectáreas, obra de la Comisión Nacional de Zonas Áridas y de Fomento Agropecuario municipal sin otro fin práctico que presumir la aplicación inútil de millones de pesos en la destrucción de uno de los rincones desérticos más bellos de Torreón.
Tras brincar la imponente Sierra de Jimulco, con sus izotales y sus impresionantes bosques de pinos y encinos, empieza a verse nuestra pesadilla. En los pocos kilómetros que distan de la sierra a la mancha urbana de Torreón podían verse, a diestra y siniestra de la línea que el avión trazaba, los megaestablos de miles de vacas, los sembradíos de alfalfa y los enormes páramos desmontados y estériles a causa de la irrigación: el origen geográfico de nuestros terregales y nuestras asmas. Señales todas de la minería del agua que mal llamamos agricultura y ganadería. La otra entrada al infierno. No al infierno del cianuro pero sí al del arsénico y del cáncer. No menos de treinta establos gigantescos y no menos de siete en construcción, atestiguando la voracidad cortoplacera de quienes no se detienen ante nada con tal de amasar la máxima fortuna en el mínimo de tiempo.
(Vea fotos de lo relatado en http://flickr.com/photos/fvaldes)

Obras y transvases




Cuando uno se enfenta a un problema de gravedad extrema, vale la pena no intentar resolverlo desde la ignorancia. Este es un consejo que vale para cualquier problema. Si uno lo intenta abordar de cualquier manera, el fracaso está cantado. Un ignorante desesperado es fácil presa de los charlatanes.
El problema del agua en La Laguna, de hecho, el problema del agua en el Norte de México, es uno de estos problemas complejos. Un problema que, además de complejo, tenderá a agravarse y complicarse más a medida que nuestro planeta se adentra en un futuro más caliente. Ya en el pasado la charlatanería -con sus indispensables aliados, la ignorancia y la corrupción- nos han hecho víctimas. Ahí están las carísimas como inútiles antenas ionizantes que harían llover caudales sobre nuestro reseco altiplano, promovidas por el tres veces diputado Ulises Adame -¡Cómo no!- y que en verdad sólo sirvieron para enriquecer a más de un vivo que las apadrinó y las construyó.
Hoy en día estamos frente a dos ejemplos más de esta charlatanería que supuestamente nos salvará de la estupidez de estar sacrificando nuestro acuífero y nuestros ríos para producir forrajes y leche en la mitad de un desierto. Me refiero a quienes promueven la construcción de presas y potabilizadoras -de nuevo aparece en escena el triputado- y también a quienes nos dicen que habrá que traer agua de otros sitios, de allá de donde “se desperdicia”.
La larga experiencia mundial, nacional y local sobre la tragedia sin límite que son las presas, los canales revestidos y las potabilizadoras deberían hacernos rechazar de inmediato estas propuestas. Sin embargo, el corrupto lobby político-constructor, aliado de una Comisión Nacional del Agua que no vela por los intereses de largo plazo de México, aún logra colar estas obras caras, inútiles y dañinas como acaba de suceder con la construcción de la presa del Tigre en San Juan de Guadalupe.
El caso de los transvases, como el plan MEVA o el alucinado Plhino de Sonora, es otro ejemplo de los peligros de la ignorancia. Transvasar agua de una cuenca a otra no tiene ningún sentido. No puede justificarse ni social, ni económica ni ambientalmente. Cada cuenca tiene el agua que le toca y debe aprovecharla de la mejor manera para lograr un desarrollo económico socialmente justo y ambientalmente equilibrado. Si este uso es irracional, como sucede en nuestra cuenca lechera, donde producimos siete millones de litros de leche diarios y empleamos 2500 litros de agua para producir cada uno de esos litros de leche, no tenemos ningún derecho en buscar afectar a otras poblaciones y otros ecosistemas para continuar con nuestra locura. El agua en nuestro planeta nunca se desperdicia. Los conceptos de desperdicio y de desecho sólo tienen sentido en el marco de artificialidad de las actividades humanas. Haríamos bien en ir aprendiendo de la naturaleza y corrigiendo el rumbo, hoy tan errado que es un rumbo que nos enfila al precipicio.

Despierta



Patos del bosque Aix sponsa al amanecer en el Nazas

Innumerables discusiones se han entablado sobre el papel del arte en tiempos de crisis. Las pinturas, canciones o poemas que han sido creadas con el objeto de impulsar una acción política, o para hacer una denuncia social, son a menudo llamadas, despectivamente, panfletarias. Muchas de estas obras son realmente atroces, auténticos esperpentos que no resisten el paso del tiempo o la exposición fuera de la parroquia que las ha generado o adoptado. Sin embargo otras son en sí ejemplos de gran arte. De gran arte panfletario. Podemos afiliar a esta categoría las fotografías de Sebastián Salgado, el Guernika de Picasso, el Lamento Borincano o los Andaluces de Jaén, de Miguel Hernández. Quizá entonces sea que, en materia de arte sólo hay de dos tipos: el bueno y el malo. El que representa algo real y el que es un mero artificio político disfrazado de obra artística.
El año pasado, el premio Oscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas al mejor documental lo ganó “Una verdad incómoda”, que muestra la conferencia que tantas veces, en tantos lugares, ha pronunciado Al Gore sobre el calentamiento global. Junto al documental ganó el Oscar a la mejor canción el tema “Necesito despertar” de Melissa Etheridge, la famosa cantante norteamericana de rock.
“I need to wake up” canta la angustiosa crisis interna de la autora ante una crisis externa -la provocada por el cambio climático- que requiere, que está urgida, de una acción y de un compromiso. La canción de Etheridge es un ejemplo de buen arte panfletario. “Necesito moverme, necesito despertar, necesito cambiar, necesito sacudirme, necesito hablar, algo se tiene que romper, he estado dormida y necesito despertar”. La crisis planetaria nos abruma. Hemos estado dormidos y necesitamos despertar.
Peter Seeger, el folclorista, pacifista, ambientalista y cantante usamericano, está convencido que el canto nos define como humanos. El canto nos acompaña en nuestro trabajo, en nuestras tragedias, en nuestros momentos más íntimos y en nuestras celebraciones colectivas. Para Seeger, su máximo anhelo no es llevar una canción a los oídos de alguien, sino ponerla en sus labios, algo que sigue haciendo a sus ochenta y nueve años de edad. Siendo autor de himnos emblemáticos del pacifismo (“¿A dónde se han ido todas las flores?”) y de la lucha por los derechos civiles (“Venceremos”), Pete Seeger ha demostrado que las canciones sirven también para movernos a la acción y al compromiso, como ahora lo refrenda Melissa Etheridge.
Los laguneros hoy estamos urgidos de despertar, necesitamos movernos. Atravesamos una profunda crisis motivada por un modelo de producción agropecuaria que está terminando con la preciosa agua que baña este árido y sediento rincón del mundo. El agua que bebemos está envenenada por estar usándola como una mercancía y no como la bendición que es para los habitantes de un desierto. Me pregunto cuando llegará el día en que cambiemos. El día en que nos pongamos en marcha por nuestro futuro. Con una canción en los labios.

Vuelo engañoso



Durante siglos, el hombre soñó con imitar el vuelo de las aves. Durante siglos, todos sus intentos fueron inútiles. Ni los estudios detallados de Leonardo da Vinci pudieron producir una máquina voladora. Muchos de estos intentos vieron a los inventores lanzándose llenos de optimismo y fe desde un precipicio, al vacío. Supongo que más temprano que tarde, cada inventor se dio cuenta que algo había fallado y que el fin -del invento y del inventor- se aproximaba a una velocidad pasmosa en la forma de un suelo que subía raudo. Supongo que, en alguna ocasión, este fatal descubrimiento le había llegado al inventor un poco más tarde, tras disfrutar unos breves instantes de un triunfo que era en realidad un fracaso. Si el abismo era suficientemente alto, el inventor seguramente llegó a sentir que volaba, que había triunfado, sólo para darse cuenta que todo era una ilusión y que la muerte sobrevendría pronto.
Un desarrollo insostenible es aquel que termina con los recursos necesarios para ese desarrollo. Es un desarrollo condenado a cesar. La comunidad que sigue ese camino no tiene otro futuro que la desaparición. Vea la historia de tantos pueblos mineros de nuestro árido norte. Vea a Mapimí, a Charcas, a Ojuela, a Real de Catorce. Terminaron con la mina y terminaron con su existencia como sociedades vivas y pujantes.
Los laguneros somos hoy los mineros del agua por excelencia. Estamos obsesionados con extraerla toda de los ríos y los acuíferos para alimentar una malsana y estúpida obsesión por el enriquecimiento desbocado. Somos los laguneros como los primeros inventores de máquinas voladoras.
Al llegar a esta tierra, fértil y bañada por dos ríos caudalosos y situada sobre un gran acuífero, empezamos a volar con la ilusión de que los recursos a nuestra disposición eran infinitos. Con la ilusión que el agua nunca se terminaría. Hoy somos como el aterrorizado piloto que ve que aquello fue un engaño, que el suelo sube raudo hacia nosotros trayéndonos la muerte segura. Pero desgraciadamente no todos vemos esta catástrofe tan cercana como anunciada. Esta catástrofe de valores elevadísimos de arsénico en el agua y de muerte lenta de nuestros ríos y sus ecosistemas.
Estos días el sector lechero celebra su fiesta anual. Un evento frenético, lleno de propaganda, promesas y demandas, pero vacío de introspección, análisis y autocrítica. Celebran y se alegran pues sus hinchados bolsillos les hacen creer que vuelan, cuando en realidad van en picada arrastrando a la muerte a toda La Laguna. Dándonos hoy a cambio de su exagerado enriquecimiento, la desolación, la enfermedad y la muerte. Felices y miopes mineros del agua celebrando su falso éxito que es el fracaso de todos. Formando una estampa que se antoja ridícula y risible, si no fuera por la inmensa tragedia que despliega, promueve y abarca.

Conciencia y acción




La divulgación de los resultados de los últimos análisis de la calidad del agua que se extrae de los pozos de SIMAS ha generado inquietud en la sociedad torreonense. No es para menos. De los 69 pozos que abastecen de agua a los hogares de Torreón, sólo 9 están en o debajo el límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud: 10 microgramos por litro o bien, 0.010 miligramos por litro. Doce pozos en Torreón ni siquiera cumplen con la inadecuada Norma Oficial Mexicana que ubica el límite máximo de arsénico en el agua en 25 microgramos por litro. En Gómez y Lerdo, donde todo indica que la situación es peor, no hay datos públicos sobre la calidad del agua.
Por supuesto que esta inquietud social no se ha replicado en nuestros gobernantes. Antes, nuestras autoridades parecen buscar desarmar el debate sobre este tema, cosa que no es de sorprender, habida cuenta que es su irresponsabilidad y su negligencia la que nos dio este gravísimo problema de salud pública.
En estos días he oído a mucha gente hacerse dos preguntas. Una, ¿Porqué no hacen nada las autoridades? La segunda ¿Qué podemos hacer los ciudadanos? Creo que la formulación de estas dos preguntas es reveladora. Primero porque nos indica que las autoridades implicadas -del agua, de la salud y del ambiente- se encuentran paralizadas. En el mejor de los casos paralizadas como el conejo en la autopista, sin saber que hacer ni por donde comenzar. En el peor de los casos paralizadas por su añeja complicidad con el poder económico que desprecia el bienestar y la seguridad del público.
La segunda pregunta atisba a lo mejor del espíritu lagunero. No al espíritu voraz del forastero colonizador sino al espíritu autosuficiente del pionero. ¿Qué podemos hacer nosotros?
Para empezar podemos platicar con quienes tenemos cerca: nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo. Buscar organizarnos para hacer oír nuestra voz. Con energía para que se oiga. Acudiendo a los espacios a nuestra disposición en los medios de manera que sepamos todos que nuestros esfuerzos no son aislados y se están repitiendo a todo lo ancho y largo de la Comarca Lagunera.
La proliferación de núcleos de ciudadanas y ciudadanos interesados en el rescate de la salud y del agua parecerá al principio a la efímera aparición de unas gotas de agua en el desierto. Pero pronto seremos una tormenta que le hará ver a los poderes fácticos que no estamos dispuestos a continuar agachados esta marcha forzada al matadero. Que estamos dispuestos a dar la lucha por nuestra salud, por nuestra agua y por nuestros ríos. Una lucha por nuestra tierra y por nuestros seres queridos. Una lucha que se contraponga a la avaricia ilimitada de nuestra violenta aristocracia criolla.
 
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Cañón

Como se lo había dicho aquí, recientemente el Cañón de Fernández fue declarado Humedal de Importancia Mundial. Aquello que los laguneros sabemos desde siempre, ahora lo sabe -y lo reconoce- el mundo. El Cañón es un sitio especial, un humedal de desierto. A pesar de las tremendas agresiones que ha sufrido. A pesar de los desmontes. A pesar de las obras hidráulicas mal planeadas, peor ejecutadas y patéticamente operadas. A pesar de la construcción de caminos, de los incendios provocados y de la cacería furtiva. A pesar de todo, en el Cañón de Fernández subsiste una buena parte de la gloria que son los raros y amenazados ríos de desierto.
La maravilla de sus ahuehuetes señoriales de más de mil cuatrocientos años de edad es resaltada por sus grandes álamos, sus tupidos grupos de sauces y sus mezquites de más de treinta metros de alto. En el Cañón de Fernández habitan casi 218 especies de aves, 62 de mamíferos, 29 de reptiles, 30 de peces y 6 de anfibios. De esta diversidad de vertebrados el Cañón de Fernández refugia a 11 especies en peligro de extinción, 19 amenazadas con extinción y 10 que requieren de protección especial. Además de los árboles ya mencionados, se sabe que en el cañón hay 337 especies de plantas vasculares entre árboles, arbustos, pastos, cactáceas, yucas y agaves.
Dentro del Cañón de Fernández hay tres comunidades: Nuevo Graceros, Santa Anita y el Refugio. El ejido de La Loma tiene tierras también en el cañón aunque su núcleo de población está fuera. Estos habitantes del Cañón de Fernández son la pieza clave en la conservación y aprovechamiento sustentable de sus recursos. Son ellos quienes de verdad valoran la riqueza y la belleza de este parque y que empiezan a descubrir ya las ventajas de que sea un área protegida.
Pero tampoco debemos engañarnos. El Parque Estatal Cañón de Fernández enfrenta retos y le asechan riesgos. Somos los laguneros todos, del campo y la ciudad, de Durango y de Coahuila, quienes debemos involucrarnos en su conservación y recuperación. Hacer que el amor que le tenemos a esta tierra lagunera se traduzca en un cariño concreto y práctico hacia nuestro río y sus parajes más representativos. Le invito a que lo visite. En grupos no muy grandes. A pie o en bicicleta. Observando y maravillándose. Sin quitarle nada y sin herirlo.
Este domingo pasado un grupo de laguneros caminamos de Santa Anita a Nuevo Graceros. Cerca de veinte kilómetros. En esas siete horas las maravillas del Cañón de Fernández se fueron manifestando una a una, recompensando nuestro cuidado y nuestra paciencia. Los rojos del follaje invernal de los ahuehuetes contrastando con el verde tierno de los álamos súbitamente primaverales. La soberbia belleza de sus garzas. La calma tensa de sus patos. La aparición de la mariposa monarca. La mariposa monarca. Una sola. Y mil gozosas maravillas más.

lunes, mayo 28, 2007

Arroyo del Tigre



En julio de 2004 visité el Arroyo del Tigre. Fui al sitio preciso en que se construyó la presa de la infamia inaugurada por Felipe Calderón esta semana. Una presa construida sobre falsas premisas, datos trucados, verdades a medias y mentiras descaradas. Una presa que representará el engaño más cruel para los desesperados habitantes de San Juan de Guadalupe.

El Tigre tenía entonces, en 2004, todo el encanto del desierto en un verano en el que había llovido. El chaparro estaba pletórico de blancas flores, la gobernadora emitía sus punzantes aromas excitada aún por las lluvias más recientes. Los diversos cactos y nopales mostraban la piel estirada, rechonchos de agua, mientras algunos alicoches estaban coronados por pitayas moradas, parcialmente comidas por algún ratón o algún pájaro. La impresión inmediata de este pequeño cañón era el de un sitio vivo, verde y sonoro.

A pesar de que el sol caía a plomo, a mediodía, muchas aves seguían cantando como si fuera de amanecida. Saltaban al oído -y luego a la vista- los zenzontles con sus variadas y melodiosas voces. A lo lejos se oían también tres cuervos que, a juzgar por el tono agudo de su voz, eran Cuervos Chihuahenses. Como todos los arroyos del desierto, también el del Tigre mostraba las pruebas del poder que algún día tuvo y que a pesar de la presa, volverá a tener. El poder para mover desde arena hasta enormes rocas.

Cerca del agua, a un lado de una gran piedra, se formaba un charco de unos treinta y cinco centímetros de profundidad donde el agua se aquieta. Una vez que pude encontrar un punto desde donde poder ver sin el obstáculo del reflejo del sol, advertí un grupo de unos cincuenta peces, diminutos, plateados y nerviosos, que parecían jugar carreras alrededor de la gran roca. Cada uno no debía medir mas de tres centímetros de largo pero seguro estaban consiguiendo su comida a juzgar por su actividad incesante. En una orilla de la pequeña poza pude ver a once peces más grandes y tranquilos, de aproximadamente diez centímetros de largo.

En unos instantes, pude absorber el carácter de un sitio único y, por lo tanto, precioso. Un sitio que albergaba infinidad de manifestaciones de la maravillosa vida de nuestro desierto. Un sitio que no será más por culpa de una presa cara, inútil, innecesaria y destructiva que solo servirá para satisfacer la vanidad, la avaricia, la terquedad y una visión miope y cortoplacera del papel del agua en nuestro desierto. Pero que probablemente sirvió ya, como no, para engordar aún más la de por sí obesa cuenta corriente de constructores y políticos venales.

martes, mayo 22, 2007

Una caminata por el Aguanaval

Camaleón o Lagartija Cornuda, Phrynosoma sp.

Cañón del Realito, Río Aguanaval, Desierto Chihuahuense



El pasado martes me lancé a un sitio que me gusta mucho y que no visitaba hace más de un año: el Cañón del Realito, en nuestro otro magnífico río de desierto: el Aguanaval. Su corriente, modesta pero apreciable, discurre entre Torreón y General Simón Bolívar. Sus orillas son hogar de un bosque precioso de ahuehuetes y sauces con una segunda fila de mimbres, mezquites y huizaches. Las laderas del cañón están pobladas de biznagas, magueyes, yucas, guapillas y lechuguillas. Sus cielos son a menudo surcados por aguilillas de cola roja, por auras o por aguilillas aura. Temprano en la mañana, el follaje de sus árboles hierve de cantos de lo más diverso. En esta época del año el canto del gorrión mexicano, habitante de nuestras ciudades, pero también del campo, se confunde con el canto del picogordo azul, una de las aves laguneras más bellas, de impresionante pico -pesado, masivo y negro- y un plumaje de un azul profundo e inverosímil.

Desde el cace del río llegaban los lamentos del tildío y los llamados del pato mexicano, tan raro de ver, como todos los patos, en estas aguas. Desde las partes más secas del Realito, el apurado canto del cardenal chivo que, al volar el macho, despliega el intenso color rojo de su copete, cuello, pecho, panza y alas. Siguiendo el tema del rojo pudimos ver brevemente, aunque nos privó de su bello canto, la hermosísima tángara roja. La observación de la tángara tuvo el mérito añadido de llevar mis binoculares hacia un fresno común cargado de semillas, el primero que encuentro en el Aguanaval y cuya aparición constituye otro misterio en busca de explicación. Seguí hacia la orilla para ver el tronco, tan familiar para cualquiera familiarizado con el arbolado urbano de nuestras laguneras ciudades.

A medida que el sol avanzaba y dejaba caer su calor entre las paredes del cañón, las lagartijas iban saliendo del torpor al que las obligaba el fresco de la mañana. La manifestación de las lagartijas era más auditiva que visual. Apenas volteaba la mirada en dirección al ruido, cuando uno veía, si acaso, la punta de la cola desapareciendo entre las piedras o entre el pasto o los cactos.

Casi en el mismo sitio que en mayo del año pasado pudimos ver un solo chipe charquero, callado, discreto, probando con su metódico pico los lodos del aguanaval en busca de comida. Aún quedaban en el río algunos chipes de Wilson, remisos de la migración de primavera. En todo momento el cielo fue un espectáculo, una bóveda vibrante, diáfana y azul, como solo sabe hacerlo el cielo allá en Jimulco.

Ya de salida del cañón, de regreso a mi vehículo, se me atravesó un animal plano, redondo y lento. Cruzó la vereda y se detuvo en la sombra, entre unas piedras. Era una lagartija panzona y con una piel rugosa de color gris claro, capaz de mimetizarse con las rocas entre las que descansaba. En la parte trasera de la cabeza tenía una corona de picos, cual Triceratops en miniatura. Su absoluta calma me permitió tomarle algunas fotos. La observación prolongada me reveló su técnica de cacería. Al permanecer inmóvil, la lagartija cornuda parecía una piedra a mis ojos y a los de las hormigas, quienes empezaron a caminar por encima de él. En el momento que la lagartija sentía una hormiga en la vecindad de su boca, la engullía con una velocidad insospechada.

De vuelta a casa busqué identificar a este curioso bicho. Con ayuda proporcionada a través del Internet y con el apoyo de mis guías de campo, supe que se trataba del Camaleón o Lagartija cornuda del desierto Phrynosoma platyrhinos. Que su panza responde a su dieta conformada exclusivamente por hormigas como las que le vi cazar. Siendo los cuerpos de las hormigas ricos en chitina, que no puede digerirse, el camaleón requiere de un sistema digestivo aparatoso para poder sacarle el mayor jugo a sus comidas. De su difícil dieta deriva también su lentitud que tanto le sirve para cazar a sus presas. Su coloración críptica le ayuda a no ser visto por las hormigas, pero también le sirve para no ser visto por sus depredadores. Un animal pesado y lento tiene riesgos adicionales de ser engullido. De ahí también su fenomenal armadura, llena de picos óseos que desalientan a quien quiera comérselo.

Pero lo verdaderamente desconcertante de ese día fue un avistamiento breve, fugaz, hecho al principio de mi caminata. De pronto me asaltó un fuerte sonido familiar. Un sonido rasposo y desagradable, emitido por dos zenzontles francamente alarmados y molestos. El zenzontle es un pájaro sumamente territorial y agresivo, sobre todo cuando está emollando o criando pollos. Este era el caso. Entre las hojas de un sauce de la orilla contraria pude ver movimiento. Los dos zenzontles acosaban a un ave mucho más grande que no atinaba a esconderse, a confrontarlos o a huir. Por un brevísimo instante que pasó frente a un hueco en el follaje vi apenas algunos rasgos. Era un ave grande, copetona de pico fuerte, babero negro y pecho blanco. Cuando por fin huyó pude apreciar su larga cola. Para mí esos pocos rasgos corresponden a una sola especie: la urraca hermosa gargantinegra, un ave de la Sierra Madre Occidental, pariente cercano de los cuervos y endémica del Noroeste de México. A las urracas hermosas les gusta la vegetación de río en sitios más o menos áridos. El Cañón del Realito ciertamente llena esos requisitos. El problema es que la urraca hermosa vive en la vertiente del Pacífico de la sierra, y el Aguanaval drena hacia el lado contrario. A cientos de kilómetros de su territorio habitual solo pueden aventurarse pocas explicaciones. Podía tratarse de un individuo escapado de la jaula de un pajarero. Pero es un ave que no he visto comerciar en La Laguna, el centro urbano más próximo (y demasiado lejano para un pájaro cansado, débil y con plumaje destartalado como suele suceder con las aves cautivas). Otra explicación pudiera ser la de un individuo aventurero que se encontraba explotando territorios lejanos pero atractivos. Un colonizador en potencia. Otra explicación es que, por alguna razón desconocida, siempre haya habido urracas hermosas gargantinegras en este cañón, en este río, lejos de los ojos de la ciencia y de los naturalistas.

Así, dos animales, uno incongruente y otro desconocido, me trajeron conocimientos y dudas a mi mente, probando que la naturaleza puede ser un espacio inagotable de sorpresas pero también un espacio de conocimiento, sobre todo cuando abrimos los ojos, somos pacientes y le hacemos caso a las preguntas de un entendimiento siempre inquieto.

viernes, febrero 16, 2007

El corazón en los pies.




El pasado lunes acudí al Río Nazas para ver el estado que guarda el canal de riego de Sapioriz y así intentar evaluar el daño que causará el proyecto de encementar dicho canal, un proyecto promovido por los usuarios de ese canal y por la Comisión Nacional del Agua. El martes anterior, 30 de enero, otros miembros de Prodefensa del Nazas, investigadores universitarios, representantes de los usuarios del canal, el constructor que pretende ejecutar la obra y un funcionario de CNA hicieron un recorrido similar para empezar a dialogar y evitar una decisión intempestiva que dañe a uno de los ecosistemas más biodiversos que existen en el Norte de México.

Entre esas dos fechas -el 30 de enero el 5 de febrero- manos desconocidas prendieron fuego a docenas de ahuehuetes -algunos de ellos pluricentenarios- causando un daño enorme, causando la caída de uno y debilitando en grado extremo a varios más. Estos ahuehuetes se encuentran a la orilla del Nazas, su avanzada edad es evidencia de que no habían sufrido una agresión igual en cientos de años. El extraordinario espectáculo de esa fila de ahuehuetes umbrosos y antiguos que recibía al perplejo y acalorado visitante que minutos antes llenaba su mirada de calizas y desiertos, estaba reducido a la negrura de la ceniza, a la avasallante peste del incendio reciente y a los troncos mermados y debilitados en extremo. Una visión que, le garantizo, le pone el corazón en los pies a cualquiera.

En ese paraje, el camino circula apretado, con el canal de riego y el cerro, en un lado, y el ahora tranquilo Nazas, por el otro. En ambas cotas crecen los añosos ahuehuetes. Los quemados, con los pies en el río y los que el fuego no alcanzó a dañar delimitando con sus raíces la orilla del canal. La pretensión de encementar el canal de riego tendría consecuencias funestas sobre las raíces que necesariamente tendrían que ser destrozadas. El concreto sería una infranquable barrera para el agua que necesitan estos abuelos vegetales. El movimiento de maquinaria pesada terminaría por destruir los árboles que están en las orillas del río, lejos del canal. Ese patrón de amplia destrucción, de vasta muerte, está viéndose, ahora mismo, en un canal situado en la orilla opuesta, aguas arriba, en la boca misma del Cañón de Fernández. Alá, al final, hay un canal de cemento y a los lados, campos yermos. Donde hubo bosque ahora no hay nada. Es el triunfo de la ingeniería desbocada sobre la caótica y pródiga vida.

No me cabe en el entenimiento que los laguneros vayamos a permitir este despropósito. Que vayamos a permitir perder la frescura del bosque, la eufonía de la tángara, la escondida rapidez de la lagartija o el valor desafiante del aguililla, por un paisaje monòtono de arena y de cemento. Nadie debe precipitarse. Estamos a tiempo. Podemos desarrollar soluciones innovadoras y justas que permitan el desarrollo de los habitantes de Sapioriz conservando el Cañón de Fernández.

Ciertamente estamos en una encrucijada. No podemos sino tomar el camino correcto. Aún cuando no sea el más rápido, o el más fácil. Le aseguro que cuando al fin lleguemos a una solución ilustrada, compasiva, inteligente y satisfactoria podremos sentir elevarse el corazón de las profundidades. Sentir como se eleva, y como vuela.





Calentamiento local

Este viernes, al emitir su cuarto reporte, el Pánel Intergubernamental sobre Cambio Climático borró un signo de interrogación. Los humanos estamos causando el calentamiento del planeta. Los signos están por todas partes: Once de los últimos doce años están entre los años más calientes jamás registrados. Los océanos se han calentado hasta una profundidad de 3,000 metros. Los glaciares y las nieves de montaña están desapareciendo. Desde el espacio se nota la aceleración en el aumento del nivel de los mares. Las sequías son más intensas y más largas ahora. El hielo del Ártico está encogiendo tanto en grosor como en extensión.

A medida que se va profundizando nuestro conocimiento sobre el calentamiento global se va observando un fenómeno curioso: las palabras de algunos ambientalistas, ministros y líderes de la industria se confunden. El Secretario de Medio Ambiente de la Gran Bretaña, David Milliband declaró: “la ventana de oportunidad para hacer algo al respecto se está cerrando más rápidamente de lo que creíamos”. Un vocero de Greenpeace dijo al referirse al reporte: “no es una llamada de atenciòn, es una sirena ensordecedora”.
Los humanos estamos cambiando los sistemas que determinan la vida en nuestro planeta. Este es un hecho aperplejante. Lo estamos haciendo de dos formas: emitiendo gases de invernadero como el bióxido de carbono y el metano -mayormente por la quema de combustibles fósiles, pero también al atentar contra los sistemas que retiran y fijan el carbono impidiéndoles contribuir al calentamiento global, por la vía de la destrucción de bosques y selvas.
Los laguneros tenemos bosques que apreciamos poco. En nuestros dos grandes ríos crece un listón de frescos árboles. Los Ahuehuetes, los Álamos y los Sauces a la vera del agua. Los Mezquites, los Huizaches y y los Mimbres en la segunda fila. En algunos casos árboles notables, con más de mil años de edad. Desde hace siglos, estos àrboles han retirado gases de invernadero de la atmósfera. Su nobleza vá más allá de proveer sombra al cansado caminante o refugio u hogar a inumerables aves, reptiles y mamíferos. También, desde tiempo inmemorial, al transmutar el carbono de un bióxido calentador a la celulosa del fresco follaje, el bosque del Nazas y del Aguanaval han contribuído su parte a la salud del planeta. Un planeta que hoy se encuentra en gravísimo riesgo.
Los agricultores agrupados en el Módulo de Riego III, apadrinados por la Comisión Nacional del Agua están a punto de condenar a cientos de estos árboles, nuestros abuelos vegetales, a una muerte prematura. El proyecto de encementar los canales de riego del Cañón de Fernández será la sentencia de muerte de un fresco bosque que nos provee de servicios ambientales y oportunidades de recreación a cientos de miles de laguneros. Estamos a tiempo de detener esta barbarie y de buscar juntos alternativas de solución para los ejidatarios de Sapioriz que garanticen la sobrevivencia de nuestro querido -y valioso- bosque de galería.


jueves, febrero 15, 2007

Por un puñado de alfalfa



Lo que está sucediendo en nuestra comarca es inconcebible. El abuso de nuestra agua por parte de la agricultura nos tiene al borde del colapso. En La Laguna bebemos agua con arsénico a niveles tales que, según la National Academy of Sciences de los EUA, podría estar causando miles de cánceres en la zona conurbada de Gómez Palacio, Lerdo y Torreón. Nuestra salud está siendo minada por la avaricia de los empresarios lecheros y por la ignorancia o la mala fe de nuestras autoridades. Cuatrociénegas, un sitio único en el mundo por su biodiversidad y por contener procesos bacterianos únicos y antiguos, está seriamente amenazado por el mismo coctel malvado de codicia y corrupción.
A medida que los lecheros nos
vuelven escasa el agua que solía ser abundante, a medida que nuestros ríos se van secando y sus bosques de galería desaparecen, a medida que los bolsillos se les hinchan de billetes, va quedando menos agua. En lugar de hacer un alto, reflexionar sobre el mal que causan y promover el cuidado y la conservación de lo poco que han dejado, los lecheros se avalanzan a apoderarse de todo lo que queda en una carrera tan demente como cruel.
Frente a la Posta, en el Río Nazas, dentro del Parque Estatal “Cañón de Fernández” corre un canal antiguo llamado de Sapioriz. Durante décadas ha llevado agua a los campos de cultivo de Sapioriz y La Loma. Durante todo este tiempo, sus orillas se han poblado de majestuosos ahuehuetes y frescos álamos. En el mantillo de hojas secas puede oírse el corretear de una lagartija o algún ratón de campo. Desde las ramas de los árboles cantan aves que los citadinos no podemos imaginar. En una ocasión, en este Canal de Sapioriz, fui atónito testigo de cómo perecía un topo en las fauces de un gato montés que tuvo la agudeza visual y la paciencia para atrapar su almuerzo.
Esta semana nos hemos enterado que los lecheros que hacen uso del agua del Canal de Sapioriz han conseguido recursos para encementar el canal y poder así sacarle unos litros de agua más. Al parecer este despropósito es avalado por la Comisión Nacional del Agua y el ayuntamiento de Lerdo. De realizarse, el cemento destruirá un largo trecho de bosque de galería incluyendo docenas de ahuehuetes, algunos de ellos centenarios. Al afectar un refugio de aves migratorias, el encementado del Canal de Sapioriz tendrá repercusiones dañinas para ecosistemas ubicados a cientos -y a miles- de kilómetros de La Laguna. Todo para producir un manojo más de alfalfa, un cultivo de escasa rentabilidad, comida de las vacas que producen la leche, un alimento que nadie necesita.
Lo que no alcanzan a percibir los promotores de este proyecto es que con él se desnuda ante los ojos de los laguneros el verdadero corazón del sector lechero. La destrucción de Sapioriz junto a la de Cuatrociénegas y la de La Laguna toda los exhibe como un gremio promotor de la avaricia y el odio. Un gremio que está llevando a toda nuestra sociedad a un camino de desolación, de cáncer y de muerte.

miércoles, noviembre 01, 2006

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Garza Morena en las orillas del Nazas
Crisis de agua

Cada vez existe más conciencia en la sociedad lagunera sobre lo que significa nuestra vida en medio del desierto y al filo de la navaja. Al tiempo que esta conciencia crece, avanzan también los peligros de manera que no queda claro si el vicio o la virtud acabará por ganar esta carrera contra el tiempo.
Mientras tanto, seguimos cultivando plantas propias de tierras de monzón, totalmente inadecuadas para nuestras condiciones, seguimos empeñados en acabar con nuestros ríos con obras innecesarias y generadoras de desperdicio y seguimos bebiendo un agua que nos envenena y nos enferma por las cantidades malsanas de arsénico que contiene. Estos tres grandes ejes del problema del agua en La Laguna se intersectan en muchos sitios. Pero todos tienen en su raíz una actitud de desprecio hacia el entorno y de miopía frente a los valores del agua.
Tradicionalmente hemos apreciado al agua como un recurso para la producción. Se nos olvida lo gratificante que es beber un vaso de fresca agua en lo más álgido del verano. Lo gratificante que y revitalizante que es nadar o darse un regaderazo. La bendición que es poder sentarse bajo la sombra de un frondoso álamo en nuestro Nazas. La gracia de escuchar el eufónico canto de la tángara veraniega en los sauces del Aguanaval.
El agua nos da la vida y nos da calidad de vida. El agua tiene múltiples valores que trascienden el mero y prosaico valor productivo. Por ello es desalentador oír a los funcionarios de la Comisión Nacional del Agua hablar de los millones de metros cúbicos que se “pierden” al conducir el agua por el río. Tal visión corta considera al ahuehuete y al zenzontle pérdidas. El leve nevar de las semillas del álamo en una tarde de marzo son pérdidas. Como pérdidas son el pez y la garra del águila pescadora que lo transporta en vilo por el cielo azul de La Laguna.
El pez y el águila, la tángara y el sauce, el ahuehuete y el zenzontle, el tabaquillo y el colibrí, las montañas y el cauce son piezas de una historia antigua que empezó mucho antes que los humanos empezáramos a tambalearnos en dos pies en las praderas de África Oriental. En nuestra corta existencia como especie y en nuestra brevísima estancia en La Laguna, los humanos estamos destruyendo esta maravilla. Aún más, el modelo seguido por los laguneros se extiende como cáncer por las regiones vecinas llegando al punto de que el cultivo de la alfalfa amenaza seriamente a esos maravillosos testigos del origen de la vida en nuestro planeta: los estromatolitos vivos de Cuatrociénegas.
Si para usted la Semana Santa es un tiempo propicio para la introspección, piense como tenemos que cambiar el modelo de desarrollo que nos lleva al precipicio. Pregúntese en lo que usted puede hacer, como consumidor y como ciudadano para comprometerse con un modelo más perdurable, menos destructivo y más visionario.