
Los ecosistemas proveen de servicios y bienes que inciden directamente en nuestro bienestar. Sin embargo, estos bienes y servicios apenas empiezan a ser cuantificados y contabilizados. Desgraciadamente la tasa de destrucción de los ecosistemas está llegando a niveles nunca vistos en la historia del mundo en gran parte por los cambios introducidos por las actividades humanas.
Nuestra Comarca es un sitio donde el agua es un bien escaso y por lo tanto valioso. No sólo por ella misma sino también por la trama de la vida que ella soporta. Sin embargo el agua no tiene ningún costo a la hora de usarla para actividades agropecuarias y tiene un costo muy inferior a su valor en las actividades industriales y domésticas. Esto ha llevado al agotamiento de buena parte de nuestros ecosistemas de agua dulce y al abatimiento y envenenamiento de nuestros mantos acuíferos.
Este aprovechamiento irracional y criminal del agua constituye una violencia inaudita sobre las comunidades, humanas y no-humanas, que dependen también de este recurso. Especies enteras de peces se han extinguido del Nazas y del Aguanaval por culpa de este aprovechamiento desaforado de sus aguas y de las aguas de los acuíferos circundantes. Estas extinciones representan una tragedia sin orilla pues se trata de especies que eran el último eslabón de linajes que sobrevivieron a cataclismos como el que extinguió a los dinosaurios y a los catastróficos cambios climáticos que el mundo ha sufrido en los últimos millones de años. Que una especie forjada por los procesos planetarios que permiten la existencia de la vida en nuestro planeta desaparezca en unas cuantos años por la avaricia de una clase social empeñada en enriquecerse desaforadamente es un acto de violencia sin paralelo.
La presión sobre nuestros ecosistemas es cada vez más evidente por la pérdida de parajes, comunidades y procesos ecológicos. Cada vez más los laguneros nos estamos viendo obligados a pagar por los bienes y servicios que vamos perdiendo con esta erosión ecosistémica. El pago es a menudo monetario y directo, pero en ocasiones pagamos con nuestra salud. La sobre-explotación de nuestros acuíferos ha traído como consecuencia que se desplome la calidad del agua que bebemos. La aparición de niveles altos y crecientes de arsénico en el agua de La Laguna nos somete a un riesgo mayúsculo de contraer enfermedades crónicas e incurables como el cáncer. El sufrimiento y las erogaciones que estas enfermedades nos están trayendo es otro pago que hacemos por la pérdida de los bienes y servicios que la naturaleza ya no es capaz de darnos de manera gratuita por culpa de la avaricia.
Cuando una comunidad se dedica a la búsqueda de la riqueza y esa búsqueda se basa en un recurso no renovable, el destino final de esa comunidad es claro: se agota la veta de la mina y se termina la vida de la comunidad. Sus habitantes se dispersan, convirtiéndose en refugiados económicos que en nada se distinguen de los refugiados que abandonan sus hogares por causa de un conflicto armado. Los laguneros estamos convirtiendo a un recurso renovable en no-renovable. Somos mineros del agua. Este aprovechamiento insustentable de un recurso clave para la vida nos está costando biodiversidad, dinero y enfermedades. La avaricia desaforada de unos cuantos nos está dando pobreza y enfermedad a la mayoría. De no corregir el rumbo, en menos de una generación, empezaremos a vernos viviendo, si vivimos, en otras partes, como refugiados ambientales, forzados violentamente a separarnos de nuestra tierra, víctimas de un conflicto violento y sordo -la explotación irracional del agua- que no se ha podido, que no se ha sabido y que no se ha querido solucionar.








